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El Baphomet de Pierre Klossowski (Digital)

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Traducción de Julián Fava y Luciana Tixi

Páginas: 180

Pierre Klossowski dijo de sí mismo: “No soy ni un ‘escritor’, ni un ‘pensador’, ni un ‘filósofo’: he sido, soy y seguiré siendo un monómano, alguien que privilegia una y otra vez, incansablemente, una única escena: la escena de un cuerpo que se entrega a la mirada de otro”. 

Klossowski resignifica la figura del Baphomet. En su novela, encarna al “príncipe de las modificaciones”: el que se modifica a sí mismo adoptando las más diversas figuras –asume la forma de Santa Teresa, de Federico de Hohenstaufen, uno de los mayores enemigos de la Orden del Templo, y también la forma de Friedrich Nietzsche–, y modifica a la vez a los soplos, impidiéndoles volver a encarnar el cuerpo que les había sido asignado por la divinidad. El Baphomet es entonces el otro de Dios, aquel que pone en cuestión el principio de identidad que rige el mundo y garantiza la permanencia de los seres. Bajo su poder, ningún nombre propio se conserva y ninguna “alta idea de uno mismo” subsiste. El Baphomet desarregla el logos divino oponiendo, a la armonía teológica, el desorden demoníaco.
Esta novela está atravesada por el intempestivo grito nietzscheano dirigido contra una metafísica que trabaja contra el devenir y lo extraño, a favor de la permanencia y de la identidad. En efecto, El Baphomet es la “puesta en escena” del Eterno Retorno. Toda la novela, salvo el prólogo, trascurre en un tiempo trastocado, suspendido, en un presente consagrado a la repetición infinita. Ahora bien, el retorno no es aquí retorno de lo idéntico –como si se tratara de la repetición sin fin de una misma escena–, sino de aquello que, sin origen ni fin, arrastra la imposibilidad de lo mismo, insinuando que toda realidad es, en definitiva, un simulacro. 
Klossowski dijo de la doctrina nietzscheana del Eterno Retorno que se trataba de una parodia, de un engaño. El Baphomet es la puesta en juego de esta parodia. Maurice Blanchot insistió en el carácter cómico, más que trágico, que el Eterno Retorno asumía en esta novela. Y es justamente esa comicidad, esa risa que se invierte en espanto, lo que le permite a Klossowski abrir un espacio de pensamiento que traspasa los contornos de la metafísica occidental en dirección hacia una nueva gnosis. El mundo que se configura a través de las páginas del texto es un mundo donde se ha deslizado “el genio maligno”, el otro de Dios –o Dios mismo, o incluso la ausencia de Dios–, y nos ha quitado toda garantía. Ese mundo, dice Michel Foucault, no es ni el Cielo ni el Infierno, “sino nuestro mundo simplemente”.